Me entero, al leer una lista, de que quiero tener un montón de discos que no conozco. Algunos nuevos, algunos viejos, todos desconocidos para mí: nunca los escuché. Anoto, dejándome influir por la puntuación de Laurence Sterne en su Viaje sentimental:
Abdullah Ibrahim — John Zorn y Fred Frith — Michael Formanek — Mississippi Fred McDowell — The Strokes — Terry Bozzio — Steve Smith — Stanton Moore — Rabih Abou-Khalil — Suzanne Vega — Rytis Mazulis — Helmut Lancheman — Fleetwood Mac — Tristan Keuris — Iannis Xenakis — y mil más.
Veo esta lista de nombres en cinco, diez minutos: quince discos que quiero tener ya. Deseos musicales que puedo cumplir casi instantáneamente. (No sé quién es Tristan Keuris. Ignoraba, antes de bajarme esos discos de Fleetwood Mac, que hay temas de esa banda que me gustaban cuando era chico. ¡Y Suzanne Vega sacó varios discos que no tengo!).
No sé si me da miedo, o qué. Asombro, y un poco de miedo, quizá también: ¿Qué está pasando?, ¿cómo se entiende semejante cambio?
Cuando era chico me compré Invisible Touch de Genesis. Para escuchar la música contenida en ese álbum, debí efectuar una serie larga y ordenada de actos: tomar unos billetes, ir a una disquería, pronunciar el nombre de la banda y del disco, esperar una respuesta positiva, cambiar los billetes por el artículo, volver a mi casa, poner el cassette en un equipo de música, hacer andar el pasacassette, y para esuchar el lado B: ¡dar vuelta el cassette! Caminé cuatro o cinco cuadras, gasté algo de plata, y usé quince o veinte minutos.
Nada de eso hace falta ahora.
En una revista Selecciones del Reader's Digest de los años '50 o '60 encontré un artículo en el que se comentaba la novedad del café instantáneo. Mi asombro sobre lo fácil que es conseguir música hoy, supongo, será igual de ridículo para los lectores del futuro. (¿La tecnología no me da, a veces, una sensación falsa de viveza? Me siento aventajado sobre mis antecesores cuando hojeo una nota sobre la novedad del café instantáneo escrita a mitad del siglo XX. Como si aquellas personas fueran más ingenuos que yo y que todos mis coetáneos. ¿Tiene sentido esta sensación? ¿Cómo podría analizarla?).
No sé si me da miedo, o qué. Asombro, y un poco de miedo, quizá también: ¿Qué está pasando?, ¿cómo se entiende semejante cambio?
Cuando era chico me compré Invisible Touch de Genesis. Para escuchar la música contenida en ese álbum, debí efectuar una serie larga y ordenada de actos: tomar unos billetes, ir a una disquería, pronunciar el nombre de la banda y del disco, esperar una respuesta positiva, cambiar los billetes por el artículo, volver a mi casa, poner el cassette en un equipo de música, hacer andar el pasacassette, y para esuchar el lado B: ¡dar vuelta el cassette! Caminé cuatro o cinco cuadras, gasté algo de plata, y usé quince o veinte minutos.
Nada de eso hace falta ahora.
En una revista Selecciones del Reader's Digest de los años '50 o '60 encontré un artículo en el que se comentaba la novedad del café instantáneo. Mi asombro sobre lo fácil que es conseguir música hoy, supongo, será igual de ridículo para los lectores del futuro. (¿La tecnología no me da, a veces, una sensación falsa de viveza? Me siento aventajado sobre mis antecesores cuando hojeo una nota sobre la novedad del café instantáneo escrita a mitad del siglo XX. Como si aquellas personas fueran más ingenuos que yo y que todos mis coetáneos. ¿Tiene sentido esta sensación? ¿Cómo podría analizarla?).
A propósito de tecnología y música: el 25 del mes pasado fui a la charla que dio Cristian Aldana en el Centro Cultural de la Universidad de Gral. Sarmiento, en el taller de Sonido de Carlos Alonso. Aldana dio mucha información que todo joven rockero debería tener, antes de soñar con tocar en una banda. Y sobre todo al final, conversó con los asistentes y hubo mucho intercambio de opiniones.
Lo que me llamó la atención es que aunque parecía estar igualmente al tanto de los avances tecnológicos (en informática, audio, etc.) que la audiencia (gente más joven que Aldana, y que yo), estaba mucho más consciente de sus implicaciones para el músico no-rico-ni-famoso. (Más adelante voy a escribir algo acerca de eso).
Lo que me llamó la atención es que aunque parecía estar igualmente al tanto de los avances tecnológicos (en informática, audio, etc.) que la audiencia (gente más joven que Aldana, y que yo), estaba mucho más consciente de sus implicaciones para el músico no-rico-ni-famoso. (Más adelante voy a escribir algo acerca de eso).